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En esta segunda quincena
del mes de marzo se va a celebrar la reunión anual de los Grupos de expertos de
la Organización Internacional de
la Viña y el Vino (OIV). Los debates, como suele ser habitual, se
desarrollan en diversas reuniones: la Subcomisión Nutrición y Salud, la
Subcomisión de Métodos de Análisis, los Grupos de expertos de la Comisión de
Viticultura, de Enología y de Economía.
En
estas reuniones también se van a tratar y debatir temas surgidos por expreso
mandato de los acuerdos o resoluciones tomados en la última Asamblea de la OIV de octubre del año
pasado.
La
Subcomisión de Métodos de Análisis va a centrar sus trabajos en la discusión y
elaboración de las especificaciones de los productos, cuyo uso fue aprobado en
resoluciones anteriores de la OIV, y que deben ser recogidos en el Código
Enológico Internacional, como paso previo para que su uso sea realizado con
el consenso tanto de los países productores como consumidores.
Unas de
las especificaciones a discutir es la que corresponde a las de los ácidos
lácticos y málicos que pueden ser utilizados en las acidificaciones de mostos y
vinos. Esta discusión posiblemente no conlleve excesivos problemas de carácter
técnico, puesto que estos productos están muy bien especificados en diversos
documentos, entre ellos el Codex
Alimentarius.
Otro tema a debatir,
éste más problemático, es el derivado de la aprobación de la resolución sobre
la utilización de los trozos de madera de roble a utilizar durante el proceso
de vinificación (contacto con el mosto en fermentación o con el vino), para
modificar sus características organolépticas, principalmente sápidas. El
documento final deberá recoger especificaciones físicas y químicas, particularmente
aquellas que surgen del proceso de tostado al cual se someten, así como las de
contaminación, tanto en organismos microbianos como en elementos metálicos.
Un objetivo de la ficha,
que finalmente se debe incluir en el Código Enológico Internacional, es
que la incorporación de materias procedentes de la madera no induzca al fraude
por incorporar artificialmente sustancias aromatizantes, ajenas a los procesos
naturales de degradación de los componentes de la madera por el proceso de
tostado. Éste es uno de los riesgos que conlleva esta práctica, ya recogida en
el Código Internacional de Prácticas Enológicas, y que es vista con
cierta suspicacia. La realización de una ficha bien elaborada contribuirá a no
introducir un factor más de duda sobre la naturalidad del proceso de
elaboración.
Pero el debate de mayor
calado seguramente se realizará en los diversos Grupos de Expertos de la
Comisión de Enología, donde se discutirá la conveniencia o no de informar al
consumidor sobre esta nueva práctica a través del etiquetado.
Por parte de los países
productores en que esta práctica no es habitual y ni siquiera reconocida, la
postura a defender debe ser la del compromiso entre diversos objetivos:
• Evitar que al
consumidor se le confunda ofertándole un producto que no ha sido elaborado
según la práctica habitual de crianza en barrica.
• Impedir una
competencia desleal frente a los usuarios del método de crianza en barrica,
reconocido en nuestra normativa como el más genuino proceso de modificación de
las características organolépticas.
• Plantear, con los
vinos de mesa, una concurrencia equilibrada frente a los vinos procedentes de
los países sin trabas en el uso estos materiales, como Australia, Nueva
Zelanda, Sudáfrica, etc., objetivo que se va perfilando día a día por la
necesidad de optimizar la gestión económica del sector.
Con esta problemática de
fondo, los agentes económicos sectoriales deben tener una opinión formada,
posicionarse y hacerla llegar a la Administración, para que los delegados en
los Grupos de Expertos puedan defenderla, siempre que no entren en colisión con
la postura de salvaguarda de los intereses del consumidor, que a su vez deben
manifestarlos. En su conjunto, la posición de España debería configurarse sobre
la base de la postura sectorial que mantengan instituciones como la Federación
Española del Vino, los Consejos Reguladores, organizaciones de consumidores,
etc.
Sería conveniente que,
en esta ocasión, el sector acompañase a la Administración y con una postura
unitaria se defendieran sus legítimos derechos y oportunidades empresariales.
Tengan por seguro que los países que tienen la práctica de las virutas de roble
como habituales no están interesados en que en la etiqueta conste nada que les
quite oportunidades comerciales y para defender esa postura vendrán con todo
tipo de argumentos y personas.
Una pregunta a modo de
reflexión sobre la importancia de lo comentado: ¿qué consecuencias tendría si
no se pudiera diferenciar en la etiqueta el cava o champagne del vino
gasificado?
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