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¿Sólo el corcho sabe a corcho?
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Las aplicaciones del corcho han sido tradicionalmente muchas
e ingeniosas. Su elasticidad, baja proporción peso/volumen, buena amortiguación
acústica y aceptable estanquidad son propiedades más que suficientes para
dotarlo de un gran atractivo para la industria humana. La intersección entre la
industria corchera y la enología tiene su paradigma en el tapón, al igual que
la botella lo es en el caso de las industrias del vidrio y del vino. Son dos
historias paralelas, pero con un futuro lleno de augurios de divergencia. El
vidrio sigue siendo el preciado contenedor, guardián de las calidades del vino,
en casi toda la amplitud de sus gamas, sin competidor alguno. El corcho, por su
parte, debe asistir, impotente, a la irrupción de nuevos materiales sintéticos,
hasta hace poco considerados impropios, como soluciones óptimas para el
taponado de las botellas. Y tal vez esos materiales son una solución, aunque no
a todas las limitaciones del corcho.
En estos términos se desarrolla la discusión en la revisión
de Silva Pereira y colaboradores, de la Universidad Nova de Lisboa, en Oeiras,
Portugal.
El corcho es un material históricamente entrañable, pero
lamentablemente problemático. Lleno de prestigio, pero falto de efectividad. Su
beligerancia biológica es su mejor carta de presentación y el origen de sus
defectos. Tal vez, si el enólogo tuviera que escoger el mejor envase posible
seguiría eligiendo el vidrio; pero seguro que renunciaría, con un enorme cargo
de conciencia, al corcho como tapón. Aunque entonces, tal vez, su mayor
problema sería encontrar un culpable para el sabor a corcho de sus vinos.
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Bibliografía especializada en corcho
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Silva Pereira, C.; Figuereido Marques, J.J.;
San Romao M.V.: «Cork tain in wine: scientific knowlede and public perception:
a critical review», Critical Reviews in Microbiology 2000; 26 (3):
147-162.
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El proceso tradicional de fabricación de tapones de corcho
incluye una etapa de estabilización de las planchas después de hervirlas. En
este período, los hongos acaban por recubrir completamente las planchas. No
obstante, algunos de los hongos del corcho producen compuestos sensorialmente
desagradables como el tricloroanisol y el tetracloro anisol. Esta es una de las
razones por las cuales se responsabiliza al corcho del sabor fúngico que
ocasionalmente adquieren los vinos embotellados. Los autores portugueses que se
citan han realizado un trabajo de revisión de los procesos de fabricación de
tapones de corcho, de los microorganismos asociados al corcho y del origen de
los compuestos relacionados con el gusto a corcho del vino. Discuten, además,
la idea de suprimir la etapa de crecimiento fúngico en la producción de corcho,
así como la tendencia a imputar únicamente al corcho la contaminación sensorial
de vino.
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Marchand, S.; De Revel, G.; Bertrand, A.:
«Approaches to wine aroma: release of aroma compounds from reactions between
cysteine and carbonyl compounds in wine», Journal of Agriculture and Food
Chemistry 2000: 48 (10): 4890-4895.
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La frontera entre las propiedades aromáticas y tóxicas de
compuestos presentes en nuestra dieta es una línea con frecuencia tenue y
borrosa. El dicarbonilo es una molécula de reconocida toxicidad que forma parte
del grupo de los compuestos minoritarios, responsable de una parte del perfil
aromático del vino. En el artículo comentado, se examinan los papeles de
compuestos carbonílicos (acetoína y acetol) y dicarbonílicos (glioxal,
metilglioxal, diacetilo y pentano-2,3-diona) que reaccionan con la cisteína en
la formación de odorantes. Se analiza la formación de tiazol, metiltiazol y
acetiltiazol, entre otros productos, algunos de los cuales se han identificado
por vez primera en el vino, y se ensaya su detección en vinos de diversos
orígenes. Estudios como el presente recuerdan que, a efectos de toxicidad,
estamos en las expertas manos de Saccharomyces.
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Vanderwalle,
N.; Lentz, J.F.; Dorbolo, S. et al.: «Avalanches of popping bubbles in
collapsing foams», Physical Review Letters
2001; 86 (1): 179-182.
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Un alud de burbujas. Esa es la descripción literal de lo que
sucede en la corona de espuma de una copa de cava o champagne recién servida.
Es un comportamiento que obedece a las leyes de la física, aplicables
igualmente a otros sistemas naturales, como los terremotos y los
desprendimientos. En esos sistemas, las interacciones entre sus componentes son
cruciales para describir la evolución del conjunto. De igual forma, una burbuja
que estalla en la superficie espumosa obliga a otras burbujas a cambiar de
forma y estallar a su vez. Si los estallidos se sucedieran en una proporción
constante mientras desaparece la espuma, oiríamos en crepitar semejante al
producido por la electricidad estática de la radio, un ruido llamado «blanco».
Sin embargo, el ruido de la efervescencia no es «blanco», es la suma de muchos
estallidos impredecibles, cada uno de una duración aproximada de una milésima
de segundo.
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