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Las miles de variedades existentes, muy similares genéticamente, han
aparecido porque, desde aproximadamente unos 6000 años a.C., la propagación de
las viñas se ha ido haciendo a partir de esquejes. Los viticultores han
mejorado los ejemplares mediante la selección de ramas con características
deseables originadas a partir de mutaciones genéticas. De este modo, por
ejemplo, surgió la variedad pinot meunier a partir de la pinot noir.
Un equipo del CSIRO
australiano ha generado una nueva viña, más fecunda y con menos hojas, a partir
de las células de la capa exterior, L1, de un sarmiento de pinot meunier,
mientras que las plantas que han conseguido crecer a partir de la capa L2, más
interna, han resultado ser exactamente iguales al resto de ejemplares de la
pinot noir: altas y con muchas hojas y zarcillos.
Uno de los trabajos que se presentan aquí viene a incidir sobre uno de
los grandes intereses de la viticultura de explotación: crear viñas repletas de
frutos, que produzcan menos sarmientos y hojas. Tal como destacan Hunter y
Archer en su artículo en ACE Papel actual y
perspectivas futuras de la gestión del follaje, se necesita
una cierta cantidad de follaje para permitir la maduración de la uva, pero es
conveniente también evitar un exceso de vegetación que compita con los frutos.
Hay que evitar la sobreexplotación de la fecundidad de la viña que, en último
término, puede causar un debilitamiento progresivo de la planta.
Sabemos que el equilibrio entre follaje e inflorescencias es delicado,
y no debemos subestimar la necesidad de lograr una mayor comprensión de cuáles
son las necesidades fisiológicas de una planta para satisfacer el desarrollo de
las uvas de este año y las yemas del siguiente, antes de decidirnos a aplicar
grandes soluciones que optimizarán el rendimiento de nuestras viñas. O quizás
no.
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