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No
es la primera vez que nos hacemos eco de las numerosas voces que piden para el
sector de la enología, tanto desde su interior como desde mundos próximos (el
de la investigación enológica es el que grita más fuerte), una mayor apertura a
las innovaciones tecnológicas. Esta hipotética nueva situación permitiría
orientar la elaboración de vino a un mercado al que, como afirma Pretorius, las
actuales restricciones (cambio en las tendencias de mercado, globalización y un
abismo creciente entre la producción y el consumo) le imponen una gran
competitividad. Un ejemplo de estas innovaciones reclamadas son los artículos
que comentamos, aparecidos recientemente, y que ponen de manifiesto las enormes
posibilidades que ofrecen el conocimiento y la manipulación de la funcionalidad
génica de uno de los organismos estrella de la biotecnología, la levadura
enológica. Se
están desarrollando cepas de levaduras enológicas orientadas al mercado, cuyo
principal objetivo es conseguir una producción más competitiva y con menores
costes, mayor calidad y menor impacto ambiental, y todo ello optimizando las
propiedades nutricionales y sensoriales del vino.
Con
la mirada puesta en la enología sensorial, también se destaca un trabajo de
colaboración entre el mundo académico y el industrial, una de las vías de
tránsito obligado si el sector quiere no perder el tren de la innovación. Aunar
en un mismo espacio temas como la tecnología de chips de DNA o la biotecnología
de levaduras y la búsqueda de nuevas combinaciones para elaborar cavas con una
óptima calidad de la espuma (preocupación sensorial al fin) son un buen ejemplo
de las profundas reflexiones que está empezando a elaborar el sector.
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