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Invitada, como asumió
ella, por no ser española y por poder, en consecuencia, aportar una visión
privilegiada del vino español, en tanto que profesional cuya labor consiste
precisamente en observar el mundo del vino, Jancis Robinson, Master of Wine,
habló en el espacio Vinorum de Alimentaria acerca de quién es, a qué se dedica
y cómo ve el futuro del sector en nuestro país.
Jancis es autora de
multitud de libros sobre enología, aunque su tiempo discurre principalmente
manteniendo su página www.jancisrobinson.com,
de la cual hizo cumplida promoción en el curso de su presentación, sin olvidar
su dedicación al principal diario económico británico, Financial Times,
a cuyas páginas se asoma cada semana.
Se confiesa realista en
su visión del mercado del vino. Sabe que la intención última del elaborador es,
como la de cualquier profesional, obtener un rendimiento de su trabajo. Sin
embargo, pretende, por encima de todo, valorar y potenciar la calidad, y que
sea ésta la que genere beneficios en el mercado. Advierte, por tanto, para
empezar, que no le interesan las grandes ventas ni las promociones, si bien es
consciente de su importancia en el sector.
Robinson inicia su discurso
acerca del vino español, partiendo de la premisa que resulta muy difícil para
los españoles conocer la imagen que de su vino se tiene en el exterior. En su
experta opinión, el vino español no posee una imagen particular, a diferencia
de lo que ocurre con los vinos franceses, cuya imagen considera muy poderosa:
tradición, no exenta de una cierta arrogancia y complacencia, debidas al hecho
de que, a pesar de estar perdiendo cuota en el mercado mundial, siguen haciendo
más vinos de máxima calidad que ningún otro país, con una sutileza que, a su
parecer, no ha sido igualada aún por otros orígenes.
Su revisión por regiones
le llevó, a continuación, a valorar también la imagen de los californianos y
sus vinos como poderosa, dada la fortaleza y la riqueza de su mercado, en el
que invierten enormes cantidades de dólares en la elaboración de vinos de
calidad, aunque no siempre este concepto esté directamente relacionado con el
precio. También el vino australiano tiene, en opinión de Robinson, una imagen
bien definida: eficacia, capacidad técnica y habilidad para convertir un puñado
de viñedos en enormes beneficios, gracias a estrategias de elaboración y venta
muy eficientes. Una oferta australiana que, tal vez, peque de falta de
variedad, pero que ha logrado aventajar a Francia, al menos en el mercado
británico y que está empezando a hacer lo propio en el norteamericano.
También Chile posee una
fuerte imagen en lo que respecta a sus vinos, ocupando un lugar necesario en el
mercado y elaborando vinos predecibles y en los que se puede confiar, a precios
más que razonables. Asimismo la imagen de Portugal en el mercado mundial está
considerablemente definida, en virtud de sus intentos por obtener un
rendimiento de sus variedades autóctonas, un tesoro de gran carácter y elevada
calidad, en que se esfuerzan en transformar en vinos exportables, con el Porto
como buque insignia.
Por su parte, Italia, que
en muchos aspectos es comparable a España, posee una imagen más definida
gracias al turismo, que suele penetrar en el país más profundamente, entran en
contacto con sus habitantes, acuden a restaurantes italianos e intentan
comprender la cultura italiana, por la que se sienten muy atraídos… y la
diáspora de restauradores italianos no ha hecho sino aumentar el conocimiento que
de su vino se tiene fuera de su país, lo cual ayuda a su exportación. Sin
embargo, en este punto, no existe paralelismo alguno con el caso español, a
juicio de esta experta. Por consiguiente, apunta que el consumidor de vino de
otros países tiene una cierta confusión acerca del vino español.
Robinson valora en gran
medida el interesante momento en el que se encuentra España, el cual cree que
debería aprovechar para construir una visión global sobre sí misma. Empezando
por los niveles de menor calidad, se está haciendo un gran trabajo de
exportación de vino de mesa, incluso a países como Francia (siempre se ha
preguntado, confiesa, qué hace Francia con él…) Este nivel inferior del mercado
no busca tanto la calidad como la conveniencia, y obviamente no es el mejor
aspecto a considerar a la hora de hacerse con una imagen renovada. Hay un gran
potencial, opina, para el vino español fuera de este país, por el hecho de ser
español y exhibir con orgullo una de sus particularidades: sus ingentes
cantidades de uva tinta, muy de moda en la actualidad, y sin restricciones de
sol para madurar en su punto.. Al contrario que los pequeños agricultores de la
zona de Burdeos, que a duras penas pueden hacer madurar sus uvas cabernet o
merlot y que producen vinos pálidos en los que el mercado internacional ya no
está interesado. España proporciona al mercado enormes cantidades de uva con
una maduración adecuada y un color intenso y satisfactorio. El problema estriba
en que sólo una pequeña cantidad de esta uva se convierte en un vino que
interese al mercado internacional.
En su opinión, se precisa
una mayor comunicación entre el viticultor y el elaborador. Ya no se trata de
colocar grandes cantidades de uva en el mercado. Es preciso empezar a valorar
la calidad sobre la cantidad. En otros lugares del mundo no se paga el tonelaje
sino la calidad de la uva. Considera, pues, deseable, que el viticultor pueda
cultivar uvas con las que elaborar el vino que el consumidor quiere consumir,
porque cree que el consumidor se halla muy lejos del viticultor. Esta
imprescindible cadena de comunicación se compone, a su juicio de tres
eslabones: el productor, la bodega y el consumidor o, en su representación, el
importador. Ejemplos de este planteamiento nos lo ofrecen las empresas
británicas que emplean una flota de flying wine makers, que conocen los
tipos de vino que sus clientes quieren comprar.
Jancis Robinson es
rotunda al afirmar que desea que el vino español siga siendo español, pero
maximizando su presencia en el mercado internacional. Cuanto más haga el sector
por ello, más beneficios obtendrá. Un factor clave para ello es viajar. Por
ejemplo, el típico exportador australiano no puede vivir alejado de sus
mercados internacionales, no puede vivir lejos de Gran Bretaña; viajará varias
veces al año a este país, con un catálogo de vinos bajo el brazo, con etiquetas
y descuentos, promociones y ofertas. Mantienen sus contactos de forma muy
eficiente, haciendo llegar el vino a su destino en el tiempo acordado y a un
precio adecuado. En el otro extremo, el típico productor francés es un pequeño
agricultor que elabora su producto cada año, vive bastante encerrado en su
entorno y tiene poca idea de lo que los consumidores no franceses desean, y
nunca visita a potenciales clientes externos.
Para Robinson, si un
productor desea exportar su vino debe informarse antes. Afirma que ha viajado
por todo el mundo del vino y ha encontrado gente de lugares muy distantes: en
Sudáfrica encuentra chilenos, Francia está llena de australianos intentando
aprender los secretos franceses, los viticultores suizos se pasean por Nueva
Zelanda… y a pesar de que está segura que los viticultores españoles también
viajan, confiesa que no recuerda haber conocido a muchos en sus
desplazamientos.
Al analizar el extremo
opuesto en el espectro de los vinos españoles, Jancis Robinson habla acerca de
las denominaciones de origen. Confiesa su entusiasmo por la calidad de los
caldos de este país, pero no sirve de nada, en su opinión, sentarse a proclamar
lo bueno que es el vino español, sino que considera más útil indicar dónde se
puede mejorar para satisfacer el mercado internacional. El consumidor
internacional relaciona el vino español de alta gama con precios en exceso
elevados. Es cierto que hay vinos españoles excelentes en las tiendas
especializadas de otros países, pero a un precio considerablemente más elevado
que otros excelentes vinos de California. Robinson afirma que comprende las
razones por las que se han fijado estos precios, en parte generados por las
particularidades del mercado, pero también debido a la dispar relación entre
calidad y cantidad en la etapa de producción.
Explica que la mayoría de
consumidores medios de otros países conocen los vinos de La Rioja y los
identifican con un estilo tradicional, de precio elevado y considera el Priorat
un fenómeno extraordinario. Destaca el enorme potencial de Cataluña, por su
variedad de terroirs, «un concepto», afirma, «sobre el que los franceses
ya no tienen el monopolio». Robinson cree que para el no español es más fácil
comprender los Navarra, porque los precios son relativamente más asequibles,
incluso demasiado económicos en Gran Bretaña. Las regiones vinícolas españolas
poseen gran interés, y su mapa está evolucionando con rapidez. Cada año
aparecen vinos procedentes de nuevos productores y nuevas regiones que
demuestran que pueden hacer vinos de primera clase, como es el caso de Mallorca
o Toledo.
Para terminar, Robinson
hizo un énfasis final en dos ideas que intentó hacer llegar a su audiencia: las
posibilidades en España son casi ilimitadas, confesando incluso que le resulta
difícil pensar en un país con tanto potencial, sobre todo al considerar la
vastedad de su área vitivinícola y, en segundo lugar, no existe una receta
mágica para hacer buen vino. Finalizó su exposición recordando lo afortunado
que es el sector por elaborar un producto que el consumidor puede seleccionar
de un estante y, leyendo su etiqueta, saber exactamente de qué lugar del mundo
procede y quién lo ha elaborado, cuándo debe consumirlo, y saber que ese líquido
expresa las particularidades de ese punto del planeta. Es por ello que resulta,
en su opinión, ineludible intentar potenciar al máximo la calidad de este
producto.
Más información: Entrevista con Jancis Robinson
[28.04.04]
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