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En
numerosas ocasiones, usted ha aportado su opinión al debate sobre los OGM y la
aceptación que tienen en la sociedad. ¿Cree que están más próximos a ser
aceptados en la actualidad que hace dos o tres años, cuando usted habló en la
Asamblea General de la Federación francesa de Productores de Variedades?
La situación está
prácticamente en statu quo. El INRA había instaurado hace casi año y
medio una moratoria sobre las experiencias de campo y decidió arrancar las
viñas que ya estaban plantadas. En el curso de esta moratoria, un grupo de
trabajo constituido por catorce investigadores, representantes del sector
profesional y consumidores han debatido este tema durante varios meses; dicha
comisión ha consultado a especialistas con el fin de saber si era posible o
viable reemprender los trabajos de campo. Según las conclusiones de este grupo
de trabajo, votadas por mayoría –aunque no por unanimidad– (hay dos votos en
contra), el INRA ha decidido reemprender las pruebas en viñedos con
portainjertos transgénicos potencialmente resistentes al virus del entrenudo
corto (GFLV). Por ello, desde que se ha hecho pública esta decisión, los
opositores a los OGM vuelven a estar a la defensiva. De modo que regresamos al
punto inicial. Personalmente, creo que ha sido un año y medio perdido respecto
a la decisión de detener la experimentación. Se quiere relanzar, pero con las
mismas condiciones; es decir, con una oposición que sigue sin querer viñas en
parcelas al aire libre, y que tan sólo acepta que se experimente en
invernaderos, lo que, de hecho, implica bloquear los ensayos, ya que los
invernaderos útiles para experimentar con OGM son los de confinamiento, extremadamente
caros.
Actualmente, en el INRA de
Montpellier disponemos de un invernadero de confinamiento para transgénicos
reglamentario, técnicamente muy avanzado, pero con poca capacidad. Podemos
cultivar allí cincuenta vides como máximo; tal vez sería mejor dejar de
realizar estos ensayos.
¿Cuál es la posición del
INRA? A un lado, tenemos a la opinión pública en contra de los ensayos en
campos experimentales y al otro una fuerte necesidad de financiación para los
ensayos en invernadero.
La posición del INRA es
ciertamente difícil. En efecto, la actitud consistente en decir: «estamos por
la experimentación, pero a condición de que se haga en invernadero», significa
en realidad «que se detenga la experimentación», puesto que no se puede hacer
en invernaderos. Por una parte, porque las condiciones que impone el
invernadero no son representativas de las condiciones de campo y, por otra,
porque el coste es prohibitivo. Nos hallamos ante la actitud hipócrita por
parte de quien afirma «no estamos contra la investigación, estamos contra la
investigación en exteriores».
Quizás aún no se conozcan todos los peligros reales…
Justamente, para poder
conocer los riesgos, es necesario realizar estudios, y no es dentro de un
invernadero que podremos evaluar los riesgos de un cultivo de viñas
transgénicas en el exterior. Se puede exigir que estos estudios se hagan en
parcelas experimentales alejadas de viñedos comerciales. Pero incluso en ese
caso, es una actitud hipócrita. En el año 2000, El INRA estaba dispuesto a
reemprender una experimentación con portainjertos transgénicos que había sido
arrancados de unos terrenos de Moët Chandon. Se había previsto realizar
dichos ensayos sobre en una parcela de su dominio experimental en Montpellier,
situada a 4 km de distancia de otras viñas cultivadas. Pues incluso en este
contexto, los oponentes a los OGM amenazaron con destruirla. Fue entonces
cuando el INRA renunció a plantarlos.
En
este contexto, ¿cuándo cree usted que se autorizará la comercialización en
Europa de viñedos o vinos modificados genéticamente?
Puedo responder con
conocimiento de causa, con elementos precisos. Para que haya vinos
comercializables, debe haber variedades autorizadas en cultivo. Pero, para ser
autorizada, una nueva variedad de viña sea o no transgénica, debe superar un
período de experimentación muy reglamentado, como mínimo de diez años. Ello
significa que si, actualmente, hubiera en nuestros invernaderos unas vides
transgénicas magníficas, por las que estuviéramos dispuestos a poner
inmediatamente en marcha ensayos con el fin de depositar una solicitud de
inscripción en el catálogo, todavía tendríamos que esperar diez años. Pero, hoy
día, nada nos permite decir «esta planta es lo bastante interesante para ser
sometida a ensayos». En consecuencia, y en lo que atañe a los plazos, puedo
responderle que en Francia una variedad transgénica no podrá ser autorizada
para cultivo antes de 15 años. Se precisan al menos cinco años para disponer de
plantas en producción, y estar seguro de que una de ellas puede ser interesante
y aún se deberá pasar una experimentación reglamentaria durante una decena de
años. Así pues, es impensable actualmente –sin tener en cuenta que las leyes
podrían endurecerse– ver géneros transgénicos franceses antes de los próximos
15 años.
¿Y será posible en otros
países, concretamente en los que forman parte del World Wine Trade Group (WWTG)?
Sí, por ejemplo en California o en Australia, donde la
investigación está menos limitada que en Europa. Pero cuando hablas con
investigadores que trabajan allí también comentan que no antes de diez años.
Permítame hacerle una pregunta sobre su trabajo en el
INRA: ¿mejora genética de la vid por métodos convencionales o biotecnológicos?
Se
puede combinar ambas técnicas, pues no son incompatibles. Actualmente dirijo un
programa de creación de portainjertos que intenta asociar una resistencia al
nematodo vector de la enfermedad vírica del entrenudo corto, resistencia
obtenida por procedimientos clásicos, es decir, por hibridación, con una
resistencia a al virus que se investigamos por transgénesis.
Desde
el punto de vista de la estrategia de selección, se podría hacer todo por
transgénesis, todo por hibridación o con una combinación de ambas. De hecho, la
ventaja de los transgénicos frente a la hibridación, y que les hace
inevitables, reside en el hecho de que si se pretende incrementar la
resistencia al parásito por hibridación, nunca se recuperarán las variedades
originales. Así, dentro de unos años, el INRA solicitará la inscripción de
nuevas variedades de vinificación obtenidas por hibridación, que serán
totalmente resistentes al oidio y muy resistentes al mildiu. Pero estas nunca
serán un cabernet sauvignon, un sauvignon o un chardonnay, incluso si en
algunos aspectos puedan ser muy similares. Podrán ser de gran calidad, pero no
se podrán cultivar en viñedos franceses pertenecientes a una denominación de
origen controlada. Si se desea incrementar de forma significativa la
resistencia genética de un cabernet sauvignon o de un chardonnay, la
hibridación no es válida y la transgénesis se hace inevitable. Podemos en
efecto esperar, incluso sin garantías, aumentar la resistencia de estas
variedades sin alterar su calidad, aunque es preciso naturalmente verificar
esta posibilidad.
Es
factible que la experimentación en vistas a una futura inscripción de una
variedad transgénica se prolongue respecto a una variedad producida por
hibridación, ya que será preciso verificar en viñas adultas que la calidad no
se ve comprometida. El hecho de ensayar variedades transgénicas no permitirá
reducir este plazo, sino que aún lo aumentará. Si un día se autoriza el cultivo
de un cabernet sauvignon con resistencia a la eutipiosis, habrá que garantizar
que esta variedad, cuando se cultive y envejezca, dará siempre un vino típico
de cabernet sauvignon. Si, en la actualidad, para inscribir una variedad
clásica se requieren cinco años de vinificación a partir de la cuarta hoja, yo
consideraría de lo más normal que para una variedad transgénica nos pidieran
tres años, o quizás cinco suplementarios. Juzgar a partir de una viña adulta de
nueve años la calidad de una variedad como el cabernet sauvignon, que sabemos
que no muestra todas sus potencialidades cualitativas hasta transcurridos 15
años, puede ser un poco precoz, por lo que me parece razonable añadir tres o
cuatro años suplementarios.
Con las resistencias que se pueden probar en la viña,
¿qué se hace para combatir la filoxera?
En
Francia, no hay investigación alguna sobre la filoxera, ya que podría
contribuir a desestabilizar al sector de los viveros vitícolas. Actualmente, se
trata del único sector organizado que defiende oficialmente la investigación de
los OGM, pero no por la resistencia a la filoxera, sino sobre todo por la
resistencia a las viriosis y, cada vez más también, por las enfermedades de la
madera, que traen tantos problemas a estos cultivadores. En cambio, estoy
convencido de que en Estados Unidos, en California particularmente, hay
investigaciones pero no se hacen públicas. Años atrás, una compañía privada ya
había proyectado introducir un gen de resistencia a ciertos pulgones y ese gen
podría haber sido eficaz contra la filoxera; en un momento dado, se llegaron a
comunicar a la prensa resultados parciales, pero de repente se dejó de informar
al respecto. A mi entender, la investigación prosigue, aunque de forma
discreta.
En
cualquier caso, no es un problema fácil, ya que supone grandes inconvenientes.
Los viticultores californianos guardan un mal recuerdo de los portainjertos con
resistencia parcial. Por ello, una variedad de Vitis vinifera resistente
a la filoxera deberá ser muy resistente y, sobre todo, tener una garantía de
continuidad de la misma. Por otro lado, los genes eficaces contra los pulgones
producen proteínas, como las lectinas, que pueden ser alérgenos y que se pueden
encontrar en los frutos y los vinos. Existe un riesgo para la salud y por lo
tanto deberían evaluarse cuidadosamente. La resistencia a la filoxera no es el
mejor modelo para demostrar el interés de las viñas transgénicas y es más
recomendable trabajar sobre la resistencia a virus y a las enfermedades de la
madera.
¿Cuál será la aportación de la proteómica al estudio de
las resistencias de la vid? ¿Hay centros que trabajan en ello?
La
proteómica es un campo que empieza a desarrollarse, mientras que en el de la
genómica ya hace tiempo que se trabaja. Proporcionará un considerable progreso
suplementario a la genómica. En la actualidad, la proteómica aplicada al
estudio de las resistencias a parásitos de la vid todavía no está muy
desarrollada, pero es cierto que abrirá grandes perspectivas, particularmente
para las denominadas resistencias naturales. La mayoría de moléculas que
inducen en la planta resistencias naturales no han sido identificadas todavía,
pero tenemos algunas pistas sobre las mismas; es ahí donde la proteómica
permitirá avanzar frente a lo que ya conocemos gracias a la genómica. Nos ha
aportado conocimientos muy útiles, especialmente al estudio de los promotores
de genes; ahora sabemos qué controla la expresión de numerosos genes de la viña,
pero poco sabemos de lo que hay detrás.
Teniendo en cuenta los contenidos en las semillas de
polifenoles y otros compuestos importantes desde el punto de vista de la salud
y de sus propiedades organolépticas, ¿cuál es la repercusión de crear variedades
de uva apirenas, concretamente sobre estos dos aspectos, salud y gusto?
Evidentemente
la característica de la apirenia (ausencia de semillas) es importante para la
uva de mesa, ya que son variedades que serán consumidas en forma de fruto. La
supresión de las semillas puede tener repercusiones sobre el valor del fruto
desde el punto de vista de la salud? No lo creo. Por un lado, porque la mayoría
de consumidores las rechazan, y por otra porque algunos estudios relativamente
antiguos llevados a cabo en Francia mostraban que los compuestos favorables
para la salud como los proantocianidoles o las catequinas presentes en las
semillas y las pieles de uvas chasselas se encontraban en concentraciones aún
más elevadas en las pieles de un mutante chasselas sin semillas. La apirenia
podría pues ser un factor muy favorable para la salud. Pero, en el caso de las
uvas de vinificación, la investigación de variedades apirenas no me parece una
vía pertinente y realmente no le veo ningún interés. En efecto, el equilibrio entre
los compuestos fenólicos procedentes de las semillas y la piel es muy
importante desde el punto de vista organoléptico, tanto por los aromas como por
la estructura de los vinos. ¿Por qué intentar suprimir uno de los elementos de
este equilibrio? Es posible que en algunos laboratorios se trabaje actualmente
sobre esta posibilidad, viable por métodos transgénicos, pero en mi opinión es
mejor priorizar investigaciones como las que hemos comentado anteriormente
sobre las resistencias, ya que los OGM y sus posibles aplicaciones en
viticultura necesitan un gran esfuerzo financiero, incluso para comprobar si se
trata de una vía prometedora o sin salida.
Más
información sobre el debate de los OGM en Francia:
http://www.inapg.inra.fr/ens_rech/bio/biotech/textes/societe/debats/ogm/debat2002.html
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