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Las
relaciones entre Estados Unidos y Oficina Internacional de la Viña y el Vino (OIV) han pasado por diversos episodios
conflictivos, debidos principalmente a discrepancias en cuanto al sistema
organizativo de la institución y, de manera especial, al peso y la cuota de
poder que aquel país ha podido ejercer sobre una organización cuya sede se
encuentra en París y que aglutina una actividad económica en la que,
sorprendentemente, Estados Unidos no es líder. Los norteamericanos siempre han
considerado a la OIV como un organismo excesivamente rígido, conservador en sus
planteamientos, totalmente controlado por los europeos y poco sensible a sus
intereses. Y ahora han comunicado formalmente a la dirección su intención de abandonar en breve su institución.
La
respuesta de la cúpula de la OIV, cuya presidencia ostenta actualmente el
argentino Félix Aguinaga, aún no se ha producido, pero su dirección ha
solicitado el apoyo escrito de los directores de las comisiones de la OIV, de
científicos y de profesionales de prestigio internacional, con el fin de crear
un estado de opinión favorable a la reconciliación. Sin embargo, fuentes de la
organización dan por sentado que la decisión de Estados Unidos es firme.
Este
abandono de una potencia consumidora y productora a la vez como es Estados
Unidos, si se produce, puede propiciar una escisión «pacífica» de la
organización vitivinícola (Chile parece ser uno de los socios tentados) aunque
el otro gigante pacífico, Australia, ya ha dado señales de que no seguirá los
pasos de los estadounidenses.
Sin
embargo, la peor consecuencia de la salida de Estados Unidos será, sin duda, la
abertura de una brecha en el mercado global de vino. Brecha que las políticas arancelarias
y proteccionistas pueden convertir en herida sangrante.
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