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Nuevos países, nuevas ideas

La variedad de uva carmenère, originaria de Burdeos, se dejó de utilizar en Francia hace casi un siglo y medio, entre otras causas, por la filoxera. A mediados de la pasada década Chile descubrió que entre su merlot se camuflaba esta variedad, y en la actualidad parece que obra en su poder la mayor parte de la reserva genética de carmenère. Esta variedad, que fracasó en Europa, triunfa ahora en América, concretamente en Chile. Hasta el punto que los enólogos de este país desearían que se identificara a sus vinos con dicha variedad, del mismo modo que sucede con las variedades propias de otras regiones vinícolas. Lógico, si se tiene en cuenta el impulso para el sector que en Chile ha representado empezar a incluir en las etiquetas de sus vinos la palabra carmenère. Y, aunque se equivocan los chilenos al afirmar que son los únicos en elaborar vinos con esta variedad (en Italia se han cometido errores similares de identificación varietal entre carmenère y cabernet franc), lo que sí es cierto es que han sabido, a partir de una variedad europea casi en desuso, crear y vender a los mercados internacionales una variedad propia que les represente.

Igual que los australianos con la sumoll catalana. Cruzando esta uva resistente a los climas secos y poco apreciada en nuestro país desde el punto de vista organoléptico, con cabernet sauvignon, han desarrollado cuatro nuevas variedades. Una de ellas, tyrian, se comercializa en Australia desde 1999. Dos de las tres restantes, rubienne y cienna están empezando su aventura comercial en este país, y la cuarta, vermilion está en fases menos avanzadas de su desarrollo. Las expectativas del sector vinícola australiano con respecto a estas nuevas variedades son inmejorables, convencidos que satisfarán el interés del consumidor por los nuevos productos de calidad y por la adaptación a la climatología de determinadas regiones del país que les proporciona la variedad parental sumoll.

No dejan de ser estos casos de investigación aplicada y desarrollo industrial, en especial el australiano, ejemplos de lo que debería ser. Ya no debería sorprender que aquellas regiones a las que, de forma un tanto paternalista, se llama Nuevo Mundo, instruyan al Viejo en la capacidad de innovar, de aplicar y desarrollar. El potencial creativo de países como Australia, Nueva Zelanda, Chile o Sudáfrica se ve recompensado por el crecimiento de sus cuotas en el mercado mundial y por la cada vez mayor inclusión de sus productos entre los de mayor calidad. Lo que sorprende es que las regiones productoras históricas no parecen aprender.

[29/10/01]
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(C) de la publicación: RUBES EDITORIAL