|
Después
de la presentación del proyecto, en verano del 2000, los viñedos de Barcelona
plantados en una finca de la sierra de Collserola, rescatada expresamente del
olvido agrícola, han producido su primer fruto. Unas cuantas botellas fueron
descorchadas en sociedad el pasado 31 de octubre. La presentación, apoyada por
las autoridades municipales y encabezada por el alcalde Clos, fue a cargo del
enólogo responsable de Barcelona, Josep Lluís Pérez, reconocido profesional
establecido en las tierras vitivinícolas del nuevo Priorat y que ha sido
artífice y constructor del proyecto Can Calopa de Dalt.
Su exposición resultó
una sorpresa, ya que lo que se dibujaba en las pantallas de plasma que
flanqueaban la mesa donde los comensales degustaban delicias introductorias, no
era una explotación vitivinícola moderna en la modestia de sus dimensiones y
pensada para producir botellas que transmitieran el mensaje ciudadano. Lo que
se intuía detrás de los gráficos y las cifras, que glosaban la explicación del enólogo, era un complejo
experimental en la más pura y avanzada línea de la viticultura de precisión. El
control de los contenidos hídricos de la cepa a través de diámetro de los
sarmientos, la variación de la humedad relativa, la pluviometría y su efecto en
diferentes estratos del suelo, prometía una maduración esmerada, controlada, y
brindaba a los técnicos y expertos asistentes al acto las bases para un nuevo
concepto de viticultura (que llenan la mayoría de páginas de este número). Todo
un reto de esfuerzo e investigación, un ejemplo que sitúa los viñedos de
Barcelona a un nivel de competencia cualitativa envididiable para muchas de las
grandes bodegas del interland barcelonés.
La
segunda sorpresa llegó con las copas. El comportamiento esperado de las cepas,
de cuatro variedades estrictamente mediterráneas, era el correspondiente a una
primera cosecha en plantas que iniciaban su tercer año. Con todo, el vino
propuesto por el enólogo (servido por sorpresa y al amparo de contaminaciones
organolépticas de la cocina) era un coupage de sirah ligeramente matizado con
pequeñas cantidades de las otras variedades (principalmente garnacha,
sangiovesse y georgitico). Las primeras impresiones consiguieron dibujar la
sorpresa en las caras de los asistentes, una sorpresa casi matizada de
incredulidad.
La calidad sensorial del vino de Barcelona, apenas terminado de
serenar, con poco más de una semana de madera, era de una potencialidad que
todo el mundo intentaba adivinar, paladeando como sería su futuro. Habrá tiempo
para profundizar en los aspectos técnicos y científicos del proyecto Centro
Pedagógico y Productivo Vinícola de Can Calopa de Dalt. De momento, podemos
constatar que su principal activo y deus ex machina, el vino de
Barcelona, es una realidad que nos halaga los sentidos.
|
[28.11.03]
|
|
|