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B2B es un acrónimo inglés surgido de un
auténtico abuso de lenguaje por el que business to business o
intercambio empresa–empresa, se convierte por arte de la fonética en ese
símbolo alfanumérico.
B2B
es algo más que comprar y vender por Internet bienes y servicios a escala
industrial. La red permite crear demandas y ofertas con aspectos hasta ahora
inéditos: pueden comprarse en tiempo real materias primas situadas en mercados
remotos, pueden producirse acuerdos entre compradores para establecer precios
de salida o forzar subastas a la baja. De igual manera, los proveedores pueden
subastar sus más preciados productos al mejor postor, esté donde esté situado.
O reunir sus ofertas en lotes complementarios, o asignarles precios
personalizados, o con descuentos inmediatos. Siempre con notables ventajas de
precio, calidad e inmediatez. Y eso es aplicable a casi todo, desde
portaaviones a conferencias. Pero, ¿puede funcionar en el mundo del vino?
Bien
es cierto que una bodega no puede (de momento) comprar en una subasta una
vendimia situada a diez mil kilómetros del lagar, pero sí a diez mil kilómetros
del centro de decisiones. Y puede adquirirse, por ejemplo, vino en rama,
botellas, tapones y vino embotellado sin etiquetar, desde cualquier parte del
mundo. Y eso ya es una buena base para el B2B. Solo hace falta poner a la vista
de los compradores toda la oferta (y de los vendedores toda la demanda) a la
vez, procedente de todas las partes del mundo, y con unas accesibilidad
inmediata. Frente a tanta abundancia, compradores y vendedores tomarán
posiciones, crearan alianzas y plantearan estrategias. Todo en la pantalla del
ordenador (o del móvil). Eso ya será B2B.
Sin
embargo, ese B2B que ya funciona poderosamente en numerosos sectores
industriales (tras estrepitosos fracasos de tanteo, hay que reconocerlo), aún
no ha encontrado su razón de ser en el mundo vitivinícola.
Hay
diversos portales de Internet que se autoproclaman poseedores de las esencias
del B2B vitivinícola, pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, se
trata de una pura presunción publicitaria.
Cuando
funcione, las empresas elaboradoras, con intereses cada vez más
internacionales, adquirirán bienes y servicios a proveedores, también cada vez
más globalizados, y eso terminará influyendo no sólo en el precio de las
vendimias sino en el sistema de comercializarlas. En las vendimias, y en las
botellas, los tapones y los manipulados de cartón. Y no debemos olvidar que el
enólogo, que en lo científico es un biotécnologo, en lo empresarial es un
ejecutivo de compras.
Algunos
emprendedores empiezan a entender que el vino no es un producto tan diferente
(ni tan perecedero) como proclaman los tópicos y que los volúmenes de compras y
la diversidad de sectores proveedores lo hacen demasiado atractivo como para
escapar al B2B.
Tras
algunos intentos tal vez demasiado tempranos, un portal con regusto latino, B2Bwine, abrió fuego hace tiempo con una
andadura más teórica que real. La persistencia de su proyecto parece que, finalmente, empieza a dar sus frutos y las
listas de sus ofertas comienzan a tener volumen. Pero una de las mayores
apuestas en el campo del B2B se está produciendo en California. Sobre el
proyecto winebussiness.com un
portal de servicios vitivinícolas con cierta tradición, en el que pueden
encontrarse noticias del sector, directorios de bienes y servicios
vitivinícolas, así como de elaboradores y proveedores, han aterrizado nuevos
socios, entre ellos, miembros de la familia Sabaté,
propietaria de la compañía internacional de corcho del mismo nombre, que han
dotado al proyecto de una sólida estructura financiera, sobre la que construir
una bolsa de comercio B2B: Turrentine
Wine Brockerage. Con mercados diferenciados de vendimia, vino en rama y
vino embotellado, en los que los listados de ofertas tienen una variedad y
volumen notables. Todo ordenado por variedades y con posibilidades de realizar
ofertas y demandas; con precios abiertos (excepto en el caso de vinos
embotellados) y un sistema de envío de muestras a los interesados.
De
momento, Turrentine opera en el valle del Napa, pero el proyecto parece
demasiado tentador como para sus creadores se resignen sólo con las vistas de
ese lado del Pacífico.
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