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Seguramente, la noticia de enología de mayor
resonancia internacional en los últimos meses ha sido la consolidación del
Grupo de Comercio Global del Vino en la reunión
que sus miembros mantuvieron en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) hace apenas unas
semanas.
Nos preguntamos qué motor está impulsando la
consolidación de este grupo de países descontentos con las directrices que
marca la OIV, en lo que atañe a la
liberalización del mercado mundial del vino (lo que llamaríamos la
«globalización» del mercado vitivinícola).
Un sitio en la red puede proporcionarnos la
respuesta a nuestro interrogante: http://www.wineinstitute.org.
De refilón, el sitio nos creará nuevas preguntas a las que, probablemente,
también hallaremos respuesta. Como es fácil de adivinar, se trata del web de la
entidad nominal, es decir, el Wine Institute, que se define a sí mismo como «The
voice for a California Wine».
Dejemos de lado por un momento las
consecuencias que traerá consigo el reconocimiento mutuo de prácticas
enológicas y centrémonos en el asunto de la sección, denominada La Red. Un
paseo por la portada de este recurso del sector vitivinícola californiano nos
depara más de una «sorpresa»: la primera es que, además de los datos
institucionales, las definiciones y objetivos del Institute, se puede obtener
una visión muy esclarecedora del grado de penetración de Internet entre los más
de 500 socios de la institución. Una ojeada a los servicios que ofrece el
recurso y a los webs de las bodegas y empresas proveedoras y de servicios de la
base de datos de los socios (¿para cuándo un Instituto Europeo?) pone de
manifiesto que no es tan sólo la política ante la OIV lo que separa a Europa de
Estados Unidos. Las nuevas tecnologías pueden haber sido un factor determinante
en el momento de escenificar las discrepancias entre ambas orillas del
Atlántico. La segunda sorpresa es la presencia de conceptos relacionados con la
gestión del medio ambiente. Existen dos remisiones de gran calado: el código de
prácticas de cultivo sostenibles, con un apartado dedicado a la «práctica
sostenible del mes», y las referencias al uso del agua en el proceso de elaboración.
No tenemos constancia de que la gestión del medio ambiente haya sido una pieza
en el enfrentamiento entre los países del Grupo y Europa, pero tanta dedicación
por parte del Wine Institute hace pensar que llegará a ser un factor
diferencial de peso.
La tercera peculiaridad a destacar es la
importancia del Research and Education
Department de l’Institute, una estructura que quiere ser «un vínculo entre la
comunidad científica, las administraciones y los medios de comunicación», un
concepto habitual en Estados Unidos, y que constituye un pilar de su supremacía
científica; seguramente tardará décadas en aplicarse al mundo del vino europeo,
en el que la ciencia y el vino se siguen viendo más como factores de calidad de
vida y de estatus social, que como herramientas de progreso y negocio. Por
tanto, queda claro que la ascención del Grupo y la pérdida de peso de Europa no
se puede liquidar con un discurso reduccionista sobre denominaciones de origen
y prácticas comerciales. Si esto empieza a «ser América», el resto del mundo,
sea cual sea nuestra orilla del océano, no nos podemos permitir mantenernos en
el papel de simples espectadores en este proceso que consiste en ver cómo
alguien quiere hacer saltar la cerradura de un sector que tan sólo ejerce
resistencia mecánica, incapaz de creer en su ventaja y convencido de que su
hora ha pasado (véase noticia sobre el Informe
Berthomeau).
Quien quiera escuchar que escuche; quien
quiera aprender, que lo haga con celeridad, y quien pueda aplicar, que no
espera a mañana.
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