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Lo que el vino es en el territorio
(y que en la red se ve distinto)
Jaume Estruch
«Alguna cosa intangible hace que ciertos productos adquieran su auténtica personalidad cuando se elaboran en un sitio determinado.» Éste ha sido un paradigma que ha hecho funcionar una parte importante del mercado de la alimentación y que, actualmente, algunos consumidores consideran una fantasía del márketing y algunos productores utilizan con total desconsideración. El vino y sus D.O. no han escapado de la polémica.

La lucha por los orígenes

Una de las primeras características que afloraron con la propagación de internet fue que, a medida que la red se iba extendiendo, la localización geográfica, como elemento distintivo y calificador, iba perdiendo sentido. Uno puede encontrarse en Australia y, gracias a Internet, vivir el día a día en «clave» neerlandesa pongamos por caso: leer los periódicos a primara hora, escuchar las emisoras, ver películas, consultar el tráfico, pero no de la ciudad donde vivimos, sino de aquella que añoramos, situada quizás a miles de kilómetros de distancia. El resultado es que ya no pertenecemos al lugar en el que nos encontramos, sino más bien a aquel del que obtenemos información.

Con esta euforia planetaria como equipaje, a finales del siglo pasado los países más competitivos lanzaron el axioma según el cual, en un mundo globalizado, aquello que vale en materia económica es la producción bien hecha y a precios asequibles. Carece de sentido, por tanto, refugiarse en los orígenes «centenarios» de una metodología tradicional, o en los efectos determinantes de la geografía sobre los productos de consumo. Así se inició la batalla de las denominaciones de origen y el debate sobre su razón de ser. Las D.O. han sido una verdad irrenunciable para los que defienden la influencia determinante del lugar donde se elaboran ciertos productos. Una verdad negada con suficiente contundencia por los mercados, con la ayuda, por supuesto, de alguna Administraciones estatales que han subvencionado generosamente sus productos. Y el vino pronto se situó en el ojo del huracán.

Las denominaciones de origen vitivinícolas tradicionales (prácticamente todas instaladas en Europa) vieron cómo sus productos ya no ejercían aquél efecto mágico en los tradicionales clientes de otros continentes, que empezaban a preferir aventuras novedosas con menos carga geográfica. El mercado, además, ofrecía gran cantidad de alternativas, con aspectos y calidades envidiables. Con una oferta tan variada y agresiva era preciso buscar referentes, de forma que el consumidor pudiera distinguir los vinos. Así nació la cultura de las variedades y de los métodos de elaboración.

Sin embargo, pronto la semántica comenzó a hacer estragos en los que predicaban la libertad geográfica total. Si un brandy era un brandy, aquello que tenía más calidad quizá debería ser...un Cognac; si un espumoso era excepcional, bien valía la pena llamarle...Champagne. Y empezaron largas batallas legales en las que algunos países jóvenes pretendían utilizar los apellidos territoriales del Viejo Mundo, a lo que sus habitantes se resistieron airadamente. El cambio se parecía inevitable y los imperativos legales no sirvieron para detener la voracidad de los «advenedizos». En Sudáfrica, por ejemplo, no sólo se elaboran algunos de los mejores chardonnay, sino que se embotella, dicen, el mejor sherry del mundo. Y nada ni nadie lo ha podido impedir.

El nombre, sin embargo, no hace la cosa. En un mercado competitivo como el actual, la única posición privilegiada dentro de él es la expansiva, por lo que cuando uno llega a la cima de sus objetivos, el mejor consejo es que lo disfrute con intensidad, ya que, a partir de ese momento, empieza la caída. Algunos de los nuevos productores vinícolas ya se han instalado en el éxito y empiezan a mirar de reojo a los que todavía suben. Empiezan, en definitiva, a volverse las tornas.

Aquello que no es exactamente una denominación de origen, pero se le parece

A los viticultores de Napa, California, entre los que hay algunos de los abanderados de la liberalización total, se les pusieron los pelos de punta al saber que un empresario compatriota se aferraba al prestigio que habían conseguido y etiquetaba su vino, hecho a vete-a-saber-dónde con el distintivo Napa. No estaban dispuestos a tirar por los suelos todo el prestigio que habían conseguido regando con su sudor este valle californiano, así que abrieron un frente legal para defender «su» nombre. La noticia es que han conseguido ahuyentar al intruso (www.vitisphere.com/article-50474.htm) de forma que Napa actúa, por lo menos judicialmente, como distintivo territorial del vino (no es una D.O., pero se le parece).

Lo mismo, pero en dirección opuesta es lo que hacen los viticultores de La Rioja cuando intentan convencer al mundo que de Rioja sólo hay una, frente al hecho de que cualquiera sabe (especialmente en Sudamérica) que, como mínimo, hay otra. Y esta última, argentina por más señas (http://www.larioja.gov.ar), ha decidido que no hay ninguna razón para que en sus vinos no se proclame que son de...La Rioja.

Éste es uno de los numerosos casos en que los países del Nuevo Mundo se quejan de que Europa los quiere convertir en bastardos al atorgarles primero unos nombres y negarles, posteriormente, el derecho de usarlos en propiedad. Pero los europeos responden que en cuestión de negocios, la partida de nacimiento es irrenunciable.

Así, cuando las tendencias parecían indicar que el valor de la identidad geográfica volvía a ser el beneficio supremo, el icono de aquello que es propio y próximo, algunos elaboradores del Ampurdán empiezan a dudar que designar su vino Empordà-Costa Brava siga siendo una buena idea. Los encantos de la masificación turística hace tiempo que han dejado de interesar en las mesas donde se descorcha el buen vino. Por lo que en la tierra de la tramontana proponen quedarse con el Empordà y devolver discretamente la Costa Brava a sus propietarios, los tours operadores, que tildan de desertores a los elaboradores.

Está claro que los meridianos no pasan a gusto de todos y que lo que es bueno para ganar cuotas de mercado no lo es para conservarlas. Sobre todo cuando se trata de las emociones geográficas que nos entran por los sentidos. El futuro, pese a todo, parece que no quiere prescindir de los mapas.
[23.12.04]
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