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«Alguna cosa intangible
hace que ciertos productos adquieran su auténtica personalidad cuando se
elaboran en un sitio determinado.» Éste ha sido un paradigma que ha hecho
funcionar una parte importante del mercado de la alimentación y que,
actualmente, algunos consumidores consideran una fantasía del márketing y
algunos productores utilizan con total desconsideración. El vino y sus D.O. no
han escapado de la polémica.
La lucha por los orígenes
Una de las primeras
características que afloraron con la propagación de internet fue que, a medida
que la red se iba extendiendo, la localización geográfica, como elemento
distintivo y calificador, iba perdiendo sentido. Uno puede encontrarse en Australia y, gracias a Internet, vivir el
día a día en «clave» neerlandesa
pongamos por caso: leer los periódicos a primara hora, escuchar las emisoras,
ver películas, consultar el tráfico, pero no de la ciudad donde vivimos, sino
de aquella que añoramos, situada quizás a miles de kilómetros de distancia. El
resultado es que ya no pertenecemos al lugar en el que nos encontramos, sino
más bien a aquel del que obtenemos información.
Con esta euforia
planetaria como equipaje, a finales del siglo pasado los países más
competitivos lanzaron el axioma según el cual, en un mundo globalizado, aquello
que vale en materia económica es la producción bien hecha y a precios
asequibles. Carece de sentido, por tanto, refugiarse en los orígenes
«centenarios» de una metodología tradicional, o en los efectos determinantes de
la geografía sobre los productos de consumo. Así se inició la batalla de las
denominaciones
de origen y el debate sobre su razón de ser. Las D.O. han sido una verdad
irrenunciable para los que defienden la influencia determinante del lugar donde
se elaboran ciertos productos. Una verdad negada con suficiente contundencia
por los mercados, con la ayuda, por supuesto, de alguna Administraciones
estatales que han subvencionado generosamente sus productos.
Y el vino pronto se situó en el ojo del huracán.
Las denominaciones de
origen vitivinícolas tradicionales (prácticamente todas instaladas en Europa)
vieron cómo sus productos ya no ejercían aquél efecto mágico en los
tradicionales clientes de otros continentes, que empezaban a preferir aventuras
novedosas con menos carga geográfica. El mercado, además, ofrecía gran cantidad
de alternativas, con aspectos y calidades envidiables. Con una oferta tan
variada y agresiva era preciso buscar referentes, de forma que el consumidor
pudiera distinguir los vinos. Así nació la cultura de las variedades y de los
métodos de elaboración.
Sin embargo, pronto la
semántica comenzó a hacer estragos en los que predicaban la libertad geográfica
total. Si un brandy era un brandy, aquello que tenía más calidad quizá debería
ser...un Cognac; si un espumoso era excepcional, bien valía la pena
llamarle...Champagne. Y empezaron largas batallas legales en las que algunos
países jóvenes pretendían utilizar los apellidos territoriales del Viejo Mundo,
a lo que sus habitantes se resistieron airadamente. El cambio se parecía
inevitable y los imperativos legales no sirvieron para detener la voracidad de
los «advenedizos». En Sudáfrica, por
ejemplo, no sólo se elaboran algunos de los mejores chardonnay, sino que se
embotella, dicen, el mejor sherry del mundo. Y nada ni nadie lo ha podido
impedir.
El nombre, sin embargo,
no hace la cosa. En un mercado competitivo como el actual, la única posición
privilegiada dentro de él es la expansiva, por lo que cuando uno llega a la
cima de sus objetivos, el mejor consejo es que lo disfrute con intensidad, ya
que, a partir de ese momento, empieza la caída. Algunos de los nuevos
productores vinícolas ya se han instalado en el éxito y empiezan a mirar de
reojo a los que todavía suben. Empiezan, en definitiva, a volverse las tornas.
Aquello que no es exactamente una
denominación de origen, pero se le parece
A los viticultores de Napa, California, entre los que hay
algunos de los abanderados de la liberalización total, se les pusieron los
pelos de punta al saber que un empresario compatriota se aferraba al prestigio
que habían conseguido y etiquetaba su vino, hecho a vete-a-saber-dónde con el
distintivo Napa. No estaban dispuestos a tirar por los suelos todo el
prestigio que habían conseguido regando con su sudor este valle californiano,
así que abrieron un frente legal para defender «su» nombre. La noticia es que
han conseguido ahuyentar al intruso (www.vitisphere.com/article-50474.htm) de forma que Napa actúa, por lo menos
judicialmente, como distintivo territorial del vino (no es una D.O., pero se le
parece).
Lo mismo, pero en
dirección opuesta es lo que hacen los viticultores de
La Rioja cuando intentan convencer al mundo que de Rioja sólo hay una,
frente al hecho de que cualquiera sabe (especialmente en Sudamérica) que, como
mínimo, hay otra. Y esta última, argentina por más señas (http://www.larioja.gov.ar), ha decidido
que no hay ninguna razón para que en sus vinos no se proclame que son de...La
Rioja.
Éste es uno de los
numerosos casos en que los países del Nuevo Mundo se quejan de que Europa los
quiere convertir en bastardos al atorgarles primero unos nombres y negarles,
posteriormente, el derecho de usarlos en propiedad. Pero los europeos responden
que en cuestión de negocios, la partida de nacimiento es irrenunciable.
Así, cuando las
tendencias parecían indicar que el valor de la identidad geográfica volvía a
ser el beneficio supremo, el icono de aquello que es propio y próximo, algunos
elaboradores del Ampurdán empiezan a dudar que designar su vino Empordà-Costa
Brava siga siendo una buena idea. Los encantos de la masificación turística
hace tiempo que han dejado de interesar en las mesas donde se descorcha el buen
vino. Por lo que en la tierra de la tramontana proponen quedarse con el
Empordà y devolver discretamente la Costa
Brava a sus propietarios, los tours
operadores, que tildan de desertores a los elaboradores.
Está claro que los
meridianos no pasan a gusto de todos y que lo que es bueno para ganar cuotas de
mercado no lo es para conservarlas. Sobre todo cuando se trata de las emociones
geográficas que nos entran por los sentidos. El futuro, pese a todo, parece que
no quiere prescindir de los mapas.
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[23.12.04]
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