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TRIBUNA  
La desinformación de nuestros clientes
Josep A. Llaquet

Hace días que me pregunto: ¿qué beben nuestros clientes y por qué? Desde el pasado verano vengo preguntando a amigos, conocidos y gente que tengo a mi alrededor: ¿por qué este espumoso y no otro? ¿Por qué estos vinos lejanos y no otros más cercanos? ¿Por qué este espumoso italiano tiene tanto éxito y no el cava? ¿Qué vinos se beben más en este o en aquel otro restaurante?

Como parte implicada en el sector del vino, en alguna ocasión hemos tenido la tentación de poder fisgonear en algún famoso restaurante para saber qué y cuántas botellas o tapones han vaciado en una jornada. Cuando alguna vez he sucumbido a la tentación, el resultado no ha sido bueno y, especialmente, en los mejores restaurantes o, al menos, en los que tienen más estrellas, la decepción ha sido aún mayor. Nunca he visto botellas que me hayan impresionado, sino vinos normales, conocidos. Al final, el cliente pide lo más fácil de beber y, sobre todo, de entender, sin demasiadas florituras, es decir, beben lo de siempre. Difícilmente se arriesgan a probar nuevas propuestas. Quizá por ello no es fácil encontrar vino catalán en las cartas y menús en nuestra tierra. ¿Es que no se están elaborando vinos interesantes, nuevas variedades, nuevos proyectos?

Hay que informar a los consumidores de nuestra labor y resultado, y debemos tener paciencia para que lo asimilen. En este sentido, el papel del enoturismo como herramienta didáctica es fundamental. Nuestros clientes quieren aprender y saber más de nuestro mundo, y con ese convencimiento debemos trabajar. Quién no ha oído, en una visita a nuestras instalaciones, que alguien formula la pregunta: «¿Cómo ponéis las burbujas dentro de las botellas?». Hay mucho trabajo por hacer: sabemos que la transmisión de la información de este oficio es importante para avanzar y que una herramienta útil es el enoturismo bien dirigido.

Como anécdota contaré que un buen amigo, a quien no le gustaba el cava, solo bebía lambrusco y champán. El primero solía tomarlo como vino de mesa o en encuentros familiares y el segundo en ocasiones más especiales. Sinceramente me tenía preocupado, pero hace unos días me contó que, unos meses atrás, pidiendo el champán en su restaurante habitual, le dijeron que se había acabado y le ofrecieron un cava. A mi amigo le gustó el cava (cuyo elaborador también es un buen amigo)… No hay batallas perdidas, me dije a mí mismo.

Tenemos mucho trabajo por hacer: informar, informar e informar. Aprovechemos el enoturismo –favorable para todos: visitantes, amigos, familiares y restauradores–, expliquemos las bondades de cultivar la vid o de elaborar un caldo y el valor de la cultura del vino. Pero también debemos hacerlo de forma sencilla y comprensible.

De todas formas, aún me queda una duda: ¿realmente las existencias de champán se habían agotado aquel día? O el restaurador aprovechó que mi otro amigo, el elaborador, estaba en el mismo comedor y quiso experimentar en vivo la virtud del producto. Este puede ser el siguiente paso: que los restauradores sean los mejores promotores de nuestros productos.


[29.04.11]

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