Comunicar el perfil sensorial del vino de una botella acaba convirtiendo la copa que lo contendrá en el santo grial del sector elaborador. En una quimera.

La información sensorial que contiene la etiqueta de la botella, incluso las notas que aparecen en el web del elaborador y/o del distribuidor, son escasas (cuando no inexistentes), frecuentemente incomprensibles para quien no está familiarizado con su lenguaje metafórico. Son datos que poco o nada aportan a quien busca a qué sabe un vino. Porque es la promesa sensorial lo que atrae y de la que se espera obtener placer.

Las variedades de uva, el “terroir“, el procedimiento elaborador, las certificaciones ecológicas y sostenibles, no aportan información sobre el perfil sensorial de lo que se encuentra al otro lado del cristal. Ni tan solo el color, matizado por los efectos ópticos de la botella, aporta información de valor al futuro consumidor con el envase en la mano. Vaciamos las copas de expresividad sensorial.

Cuando un consumidor ocasional se deja convencer por las descripciones que una botella de vino le ofrece, si la experiencia sensorial al degustarlo resulta decepcionante porque no responde al mensaje recibido, no dará muchas más oportunidades (no más de tres, según datos del WMC1) a que el vino llegue a convertirse en una bebida habitual.

Discordancia en consumidores ocasionales entre el sabor esperado y el experimentado, por edades. (Fuente: WMC)

 

Hay datos, y sospechas, de que una de las causas principales de que el vino no sume nuevos consumidores, especialmente entre los jóvenes, es la mala comunicación del perfil sensorial. Y ese no es un problema del mercado, ni de las tendencias de consumo. Es un problema de comunicación del producto que le está costando al sector 7 millones de nuevos consumidores (según datos del WMC).2

¿Por qué no hay avances en la comunicación de los perfiles sensoriales? No ha de ser difícil para un profesional transmitir la información sensorial de un vino, y hacerlo de manera directa, sin consideraciones retóricas ni emocionales. Un mensaje claro, breve, sencillo, comprensible para una mayoría de paladares debería ser suficiente para evitar tantas decepciones. Pero ese mensaje solo puede generarlo de manera competente los profesionales de la enología, porque son los únicos capaces de describir las líneas esenciales que definen un vino (especialmente del vino que han creado) desde su inicio y que perdurará durante su evolución. Porque el perfil sensorial hay que describirlo, no interpretarlo.

En un mundo en el que los datos sostienen la experiencia y no al revés, el perfil sensorial de un vino debe ser un conjunto de datos perfectamente homologable.3 Es el creador quien debe llenar la copa de valor sensorial.  La emoción producida, el significado encontrado, la interpretación del momento que depara un vino, pertenecen al área privada y subjectiva del consumidor.

Conectar con los sentidos, con todos los sentidos que requiere la experiencia del vino, es la única opción para integrarlo en la cultura de los nuevos consumidores. Porque las percepciones sensoriales también tienen edad.

PS: Como era de esperar, la dimensión planetaria del problema de la desinformación, también está afectando a la información sensorial y, por tanto, a la enología.

1 Wine Market Council (WMC) es una organización sin ánimo de lucro enfocada en realizar estudios e investigaciones de mercado sobre los hábitos de compra, actitudes y tendencias del consumidor de vino en Estados Unidos

2 En un seminario web celebrado el 27 de mayo de 2026, Wine Market Council documentó y cuantificó la incapacidad de la industria para comunicar qué hay dentro de la botella, lo que está potencialmente ahuyentando a nuevos consumidores.

3 El olfato es un sentido único ya que dispone de varios mecanismos para identificar una molécula odorante. Para explicar su funcionalidad existen la Teoría de la Forma de la Olfacción (TFO) y la Teoría Vibracional de la Olfacción (TVO), ambas con el apoyo de numerosos científicos y crecientes datos experimentales que las respaldan. Pero ninguna de las dos teorías puede explicar completamente por qué el aroma de algunas moléculas depende de su concentración, por ejemplo. ¿Cómo se crea, entonces, un estándar de datos para una modalidad que aún no cuenta con consenso sobre su funcionalidad científica? Para Kordel Kate France, de la Universidad de Texas en Dallas, esta dicotomía no debería representar una barrera para definir conjuntos de datos olfativos. Es una tarea que abre una oportunidad a la inteligencia artificial.