Soy Miquel Palau Núñez, nacido en Barcelona en 1980. A diferencia de muchos de mis colegas, no provengo de una estirpe de bodegueros. Mi vida juvenil siempre ha estado vinculada a dos grandes ciudades catalanas: L’Hospitalet de Llobregat y Barcelona. No obstante, la curiosidad por la viticultura y el mundo del vino surgió gracias a largas estancias los fines de semana, Semanas Santas y veranos en La Carronya, una pequeña barriada de Sant Jaume dels Domenys (Penedès), en la casa familiar de mis abuelos.
Pertenezco a una generación que ha tenido la suerte de aburrirse en muchos momentos de su vida y que ha tenido que inventar formas de “matar el tiempo”. Parte de esos ratos de ocio los dedicaba a ayudar a mis vecinos en las distintas tareas del viñedo (poda, recogida de sarmientos, vendimia…) con las que me sentía especial por poder acceder a experiencias tan fascinantes para un niño de diez años como manejar un viejo Massey Ferguson o distribuir bien la uva en el remolque mientras la “colla” vendimiaba.
¿Tiene sentido elaborar vinos de calidad sin más? Creo que el vino debe ir más allá. No es solo un alimento vinculado a nuestra dieta, sino también un testimonio de nuestra historia, cultura y raíces. Tenemos la oportunidad de transformar la uva en un líquido que refleje nuestro paisaje. ¿Identidad? Quizás sí. Tal vez esa búsqueda constante me ha llevado a liderar proyectos como la recuperación de variedades ancestrales (mandó, malvasía de Manresa, malvasía roja, entre otras) y a trabajar con sistemas tradicionales de fermentación y crianza, como la fermentación en tina de piedra seca a pie de viña, en Abadal Arboset, y la crianza en jarras de arcilla. También me ha inspirado a reinterpretar el tradicional “vi bullit”, tan arraigado en nuestra comarca.
El sector atraviesa momentos complejos: el calentamiento global, la caída del consumo, la presión sobre las bebidas alcohólicas…, pero ¿cuándo no ha habido dificultades? Nuestro objetivo es ser resilientes en los distintos territorios donde trabajamos. Debemos reaprender técnicas de poda, mejorar la gestión de los suelos y apostar por variedades de ciclo largo. Es fundamental seguir dando valor a nuestro trabajo y despertar conciencias en la sociedad para que se reconozca y aprecie nuestro producto.
Mi formación universitaria comenzó en la UPC, donde cursé Ingeniería Técnica Agrícola, para luego continuar con Enología en la URV. Disfruté enormemente mis años de estudio en Tarragona y tuve el honor de recibir el Premi Jaume Ciurana al mejor expediente académico.
Tras finalizar la universidad y realizar prácticas en el laboratorio del INCAVI, inicié mis primeros pasos como enólogo en la bodega Jané Ventura, de la mano de Gerard y Albert Jané. Posteriormente, colaboré en bodegas asesoradas por Mas Martinet Viticultors, ejercí como profesor en la Escuela Mercè Rossell i Domènech (Espiells) y trabajé con el DARP en el control de plagas. En 2007, me incorporé al equipo de las bodegas de la Familia Roqueta.
Agradezco la confianza que Valentí Roqueta depositó en mí la Navidad de 2008, al ofrecerme la dirección técnica con tan solo 28 años. Asumí el reto con respeto, pero también con entusiasmo. Mi rol en la dirección técnica de las bodegas ha reforzado mi capacidad para establecer metodologías de trabajo, sistematizar procesos y fomentar el trabajo en equipo. En 2011 realicé un Máster en Gestión de Proyectos, lo que ha sido clave para gestionar equipos, compras, calidad, relaciones con las administraciones, apoyo comercial, prescripción e investigación.
Una de las funciones que más disfruto es la de la gestión del viñedo en Abadal, bodega de la que soy enólogo y donde me siento profundamente arraigado al Pla de Bages. El viñedo es el lugar donde me siento más libre y, al mismo tiempo, más vulnerable; es mi fuente de inspiración y el espacio en el que encuentro mayor realización.
Tengo la fortuna de ejercer una profesión que, año tras año, me mantiene con los pies en la tierra. Sin embargo, nuestra labor exige paciencia: debemos esperar un año entero, trabajar incansablemente en el viñedo y, solo entonces, al iniciar la vinificación, comenzamos a valorar el esfuerzo convertido en vino. Es un proceso similar al de un actor que se prepara toda la temporada para el gran día del estreno. En un mundo acelerado como el actual, considero un privilegio incorporar la paciencia a nuestra rutina diaria: paciencia en el viñedo, en la crianza y en la evolución de nuestros vinos en botella.

