Nuestra realidad es dinámica (como nunca antes en la historia de la humanidad) y evoluciona con la información que incorporamos.

La concentración de información que da forma a nuestra realidad es un número de órdenes muy superior al que podemos procesar. Hay, pues, una parte significativa de esa realidad de la que nunca vamos a ser conscientes. Aquello que no procesamos, a pesar de estar a nuestro alcance, es invisible, lo que no impide que nos influya y condicione.

Si no disponemos de instrumentos para procesar cómo evoluciona la enorme cantidad de variables de una fermentación, por ejemplo, no podremos gestionarla adecuadamente, lo que no impedirá que siga su curso, y su resultado acabe formando parte de nuestra realidad.

De la información que procesamos, solo una parte quedará incorporada a nuestra realidad de forma permanente. Porque la capacidad de gestión de la información es limitada. El resto, quedará a modo de “bibliografía consultada”. Es un daño colateral autoinfligido por nuestra reducida capacidad de procesamiento.

Igualmente, hay una parte de información a la que sí hemos accedido que desaparece, deja de estar disponible cuando volvemos a consultarla. Un fenómeno cada vez más frecuente pero que pasa desapercibido frente a la avalancha de información que nos invade.

Sabemos que existe la fatalidad técnica, la propia evolución de la información, el cambio de condiciones de accesibilidad y la arbitrariedad de algunos servicios informáticos, agentes y redes sociales que nos privan del acceso a datos, propios y de terceros, que han sido imprescindibles para nuestros estudios o proyectos. Son pérdidas que generan un vacío, limitado pero irreparable, en nuestra realidad.

Vemos estos casos cada día en las redes, y un ejemplo en propia carne de este último fenómeno es la desaparición de todas las publicaciones de Acenología en Linkedin: Acenología. Profesionales de la enología. Se trata de una enorme cantidad de información con miles de impresiones, lo que equivale a presumir que formaban parte de miles de realidades de profesionales de la enología. No hemos conseguido su reposición por parte de la plataforma, por más que hemos insistido en el daño informacional causado.

Incapaces por nuestra parte de restituir la totalidad de la información perdida (¡desde 2009!), hemos conseguido reproducir los contenidos de los dos últimos años, que vuelven a estar a disposición de nuestros seguidores.

La lección que extraemos es que deberemos aprender a gestionar adecuadamente la información que generamos y la que procesamos como profesionales, incrementar la capacidad de replicación y almacenamiento para asegurarnos que estará siempre disponible, así como aumentar nuestra capacidad de procesamiento, incluyendo cuanto antes la IA, para reducir al mínimo los datos que acabarán siendo invisibles y los que se perderán en fugas de nuestro sistema.

De ello dependerá la persistencia y el éxito de nuestras iniciativas, individuales y colectivas, y su capacidad para adaptarse a las elevadas exigencias de la enología del futuro.