Cada día se habla más del cambio climático. El número de noticias en los medios de comunicación es increíble y eso quiere decir que el tema es importante e interesa a una gran mayoría de consumidores, nuestros clientes. Debemos reconocer que nosotros vivimos de la tierra, porque las viñas y nuestros productos se obtienen de ella. Y en este sentido, todo depende del clima: de los vientos, de la lluvia, de las temperaturas. Es por ello que el tema resulta vital para los viticultores.

 

Una historia climatológica

A lo largo de los últimos 500 millones de años, aunque ha habido épocas más frías esporádicas –las glaciaciones–, las temperaturas han sido en general superiores a las actuales (fig. 1).

Figura 1 Evolución de las temperaturas medias del planeta durante los últimos 500 millones de años

 

Avanzando un poco en el tiempo, llegamos a la última glaciación, hace solamente 120 000 años, que cubre con una capa de hielo casi la totalidad de Estados Unidos y Canadá, junto con la mayor parte de Europa hasta el sur de Francia. Después de la glaciación, en el curso de estos últimos 120 000 años, las temperaturas no son estables: hay épocas más cálidas y otras más frías. En este sentido, cada diez mil o veinte mil años se producen variaciones de temperatura, e incluso, a veces, en períodos más cortos. Y así hasta llegar a nuestra época. El holoceno, que comprende los últimos diez mil años de historia geológica, ha sido un período muy estable.

¿Qué ha pasado en los últimos 2000 años? Al principio, las temperaturas eran más bajas que en la actualidad. Luego llegó el período cálido medieval (siglos XIII-XIV), del que existen registros documentados, durante el cual se llegaron a plantar viñas en Inglaterra. Además, en esta época, toda la zona de alrededor de Islandia, que estaba rodeada de una banquisa de hielo, se desheló. De este modo, los vikingos pudieron llegar hasta Canadá.

Después se produce la denominada «pequeña edad del hielo» entre los siglos XVII-XVIII y mitad del XIX. En este período, sin llegar a producirse una glaciación, las temperaturas bajan considerablemente; llegándose a helar en invierno el Támesis en Londres y el Sena en París. De esta última pequeña glaciación, muy bien documentada, tenemos noticias también a través de los cultivos de viñedos.

 

El por qué de los cambios de temperatura

La pregunta que nos planteamos cuando leemos las noticias y vemos lo que está pasando es: ¿Por qué cambian las temperaturas? ¿Qué es lo que hace que el planeta, tanto a lo largo de su historia como en la actualidad, registre estos cambios de temperatura? Estas son algunas de las razones barajadas por los especialistas:

a) Los ciclos de Milankovitch. Milankovitch descubrió que la elipse que describe la Tierra alrededor del Sol no es siempre uniforme: a veces es un poco más ancha y, en ocasiones, un poco más achatada. Este fenómeno provoca naturalmente unas oscilaciones de temperatura que se han producido en el curso de la historia. Además, el eje de la Tierra funciona un poco como una peonza: no es siempre vertical, a veces gira un poco, provocando cambios de temperatura.

b) Las manchas solares. Cada 10-11 años el Sol aumenta su actividad, aparecen estas manchas negras y el Sol emite en los años siguientes más radiación. Así pues, las temperaturas pueden aumentar asociadas a esta variación. De hecho, hay autores que dicen que en las últimas décadas algunas han sido más calurosas, como los años 80 o la década actual. Sin embargo, lo que nadie puede negar es que los últimos años están siendo los más cálidos desde que el hombre realiza registros sistemáticos.

c) Las erupciones volcánicas. Tras las erupciones volcánicas se producen grandes nubes de aerosoles que contienen azufre y pequeñas partículas de carbono y de otros minerales. Estas nubes evitan las radiaciones solares, por lo que las temperaturas bajan en consecuencia y pueden afectar a la maduración del fruto.

d) El efecto invernadero. Se trata del efecto en la atmósfera de algunos gases de tipo antropogénico –sobre todo CO2, pero también óxido nitroso e incluso el agua, especialmente en los trópicos–. Su evolución reciente se recoge en la figura 2. Debemos destacar que en la actualidad hemos llegado a casi 400 partes por millón de CO2 atmosférico, mientras que durante siglos se habían registrado índices estables de unas 260 partes por millón. En este sentido, el mayor peligro radica en la evolución de esta progresión: se dice que a finales del siglo XXI el CO2 podría llegar hasta 500 o incluso 1000 partes por millón.

Figura 2 Correlación entre las variaciones de temperaturas superficiales en proporción de CO2 a partir de 1860

 

e) La deforestación. Cada vez que se tala un bosque, mucha madera queda en el suelo, fomentando y produciendo más carbón que se libera a la atmósfera. La materia vegetal implica tener carbono retenido en superficie y no liberado a la atmósfera.

f) Otras causas. Otras causas secundarias del aumento de las temperaturas pueden ser el impacto de un meteorito o fenómenos climatológicos como «El Niño».

 

¿Cuál es el balance actual?

¿Estamos tan mal como nos parecen sugerir medios de comunicación, ecologistas o algunos especialistas en el tema? Vamos a empezar por la Antártida. Se trata de la reserva de hielo más grande del planeta: el 85 % del hielo está allí. El grosor de la capa de hielo en la Antártida es de casi tres kilómetros, enorme si se compara con los escasos cuatro metros que registra el Ártico en invierno. En Groenlandia está el otro 10 % y en los glaciares el 5 %.

Afortunadamente, la Antártida se conserva casi intacta, aunque ya se han detectado movimientos de las banquisas que no se soportan sobre la roca. En la Antártida, el hielo está sobre roca, no como en el Ártico, donde el hielo flota sobre el mar. Así, el hielo que se funde en el Ártico no provoca un aumento del nivel del mar, pero el hielo que se fundiera en la Antártida sí que lo haría. La Antártida está protegida de la llegada de aguas calientes procedentes de los trópicos o del oeste, gracias a unas corrientes termohalinas frías que la rodean.

Groenlandia, por su parte, también conserva bastante bien su capa de hielo. No ocurre así, sin embargo, con los glaciares; los glaciares se están fundiendo provocando una subida del nivel del mar prevista para finales de siglo de entre 30 cm y más de un metro.

 

El Ártico

Se prevé que para el verano de los años 2025-2030, el Ártico sea ya totalmente navegable, un panorama ventajoso para muchas compañías navieras que podrán viajar directamente de un continente a otro ahorrándose los rodeos bordeando grandes continentes. La pérdida del hielo en el Ártico no será tan importante, porque no provoca la subida de las aguas y, además, se trata de una capa de hielo muy fina.

El principal problema del Ártico es el denominado albedo. Esta palabra, que viene del latín albos, es la relación, expresada en porcentaje, de la radiación que cualquier superficie refleja respecto a la radiación que incide sobre la misma. Cuando el sol incide sobre la Tierra, los rayos solares que encuentran hielo o nieve, se ven reflejados en su gran mayoría –entre un 60 % y un 80 %–. En cambio, si el sol incide sobre el agua, esta se calienta y absorbe el 80 % del calor, contribuyendo a un mayor calentamiento de la región y del planeta.

 

El informe del IPCC

Dentro del balance actual sobre la situación del clima, debemos tener como referencia al IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change). Se trata del trabajo de revisión de 2500 especialistas, los mejores de todo el mundo, que se reúnen cada cuatro años para hacer un informe de las Naciones Unidas. En su último informe, elaborado en París en febrero de este año, se concluye que existe un 90 % de posibilidades de que el aumento de temperatura sea debido a causas antropogénicas; es decir, consideran que es muy probable que sea la humanidad y su actividad lo que está provocando el aumento de temperaturas.

También dicen los especialistas del IPCC que el acuerdo de Kyoto, que en su día parecía una solución, ya se está quedando insuficiente, a pesar de que países como Estados Unidos, China o India todavía no lo han firmado. Otro dato de interés que desvelan es que cada habitante de la Tierra produce al año una tonelada de CO2 –en Estados Unidos cinco–.

 

¿Qué hacer?

¿Qué puede hacer la sociedad para intentar reconducir esta tendencia? Principalmente, hay que aumentar la eficiencia energética. Se pierde mucha energía por falta de aislamiento o por falta de conducciones adecuadas. En Alemania, por ejemplo, ya hay casas autosuficientes: son viviendas bien aisladas, con paneles fotovoltaicos en su techo, que fabrican su energía eléctrica y que no consumen energía de la red. En nuestra empresa, concretamente, estamos viendo que simplemente aislando las tinas de acero inoxidable que están a baja temperatura conseguimos un ahorro de energía eléctrica muy significativo.

También podemos empezar a usar energías alternativas. En eólica, por ejemplo, España es uno de los líderes mundiales. O también podemos hablar de la energía fotovoltaica. En este sentido, nuestra empresa está instalando en nuestra bodega de Pacs (Cataluña) 12 000 metros cuadrados de placas fotovoltaicas. Esta acción representa una inversión de unos cuatro millones de euros pero, a pesar de que la recuperación de la inversión está prevista para dentro de diez años, la perspectiva a medio y largo plazo permite calificarla de rentable.

 

Hay otras alternativas energéticas como la geotérmica, que se podrá usar en el futuro cada vez más, y los biocombustibles. En este momento, el biodiesel para tractores agrícolas no está subvencionado; mientras que sí lo está para los utilitarios, por lo que debemos esperar a que esto se pueda solucionar próximamente.

Otra medida que se tomará en un futuro próximo en las plantas térmicas es la captura y el almacenamiento del CO2. El CO2 ya se está empezando a almacenar en antiguos depósitos de petróleo. De este modo, el CO2 queda retenido en estos espacios para que no se liberen a la atmósfera y contribuyan al efecto invernadero. También existen, por ejemplo, plantas experimentales que tratan el CO2 que sale de una central eléctrica y lo mezclan con deshechos sólidos de la industria o de la minería que contengan magnesio, calcio o incluso silicatos. Así se produce una reacción química que da como producto final carbonatos de magnesio o de calcio, minerales que se pueden almacenar. De nuevo, estamos reteniendo CO2 en lugar de enviarlo a la atmósfera, en forma de rocas o incluso de materiales para la construcción.

Pero, mientras llegamos a perfeccionar esas tecnologías experimentales, creemos que hay que empezar a realizar un esfuerzo para evitar que el efecto invernadero alcance una mayor importancia. La reforestación es otra de las soluciones en este sentido, siempre teniendo en cuenta el efecto albedo. Nosotros, concretamente, estamos replantando bosques. En este momento, por ejemplo, estamos en contacto con el Cabildo de Tenerife para plantar árboles en las zonas que se quemaron este verano, donde aún hay masa verde y, por tanto, no estamos perdiendo efecto albedo.

 

Innovación y desarrollo, el camino al equilibrio

La inversión en I+D también es de la mayor importancia. Será necesario investigar en nuevas tecnologías que permitan reducir el CO2, así como captarlo y almacenarlo. Seguramente se obtendrán soluciones, pero ahora es necesario destinarles dinero. En el «Informe Stern», encargado por el Gobierno británico, se concluye que con una inversión en investigación de los países occidentales de sólo un 1 % del PIB, nos podríamos ahorrar las consecuencias de un cambio climático que llegaría a costar el 20 % del PIB mundial.

Finalmente, la gran pregunta es: ¿Podrá el planeta volver a encontrar el equilibrio? Y la buena noticia es que el planeta hasta ahora se ha equilibrado bastante. A pesar de los millones de toneladas de CO2 que hemos enviado a la atmósfera desde el principio de la era industrial, la temperatura tan sólo ha subido un grado en los últimos cien años. La Gaia de la que hablaba James Lovelock ha hecho un trabajo fantástico, está haciendo lo que puede. Pero, ¿cómo lo consigue?

Figura 3 Evolución de la retención en el mar y la vegetación del CO2 emitido

Cabe apuntar que del CO2 que emitimos a la naturaleza, entre un 50 % y un 60 % se retiene en el mar y en la vegetación (la parte verde de la figura 3). Desde el año 1960 hasta el año 2000, la mayor parte de este gas se ha quedado ahí. En el caso de la vegetación, esto es así gracias al proceso de la fotosíntesis. En lo que respecta al mar, hay varios factores determinantes. De entrada, el fitoplancton fotosintético juega un papel determinante en la retención de carbono de manera análoga a la vegetación terrestre. Pero en el mar, el zooplancton también juega un papel determinante, especialmente organismos como los foraminíferos que retienen en forma de carbonatos el CO2 disuelto. Estos caparazones son un sumidero del CO2, al quedar retenido en los fondos marinos en forma de millones de toneladas de sedimento, una vez estos animales mueren. El océano puede significar nuestra gran salvación por su gran capacidad de disolver el CO2. De hecho, se calcula que está absorbiendo hasta un 80 % del calor debido al cambio climático.

El problema es que según el informe del IPCC, el mar estaría llegando a su límite de carga. Las aguas cada vez se calientan más y son más ácidas –fruto de la transformación del CO2 en ácido carbónico–. Unas aguas más calientes y más ácidas dificultan la supervivencia de algas y fitoplancton. Se teme que hacia el año 2050 pueda haber un cambio de tendencia, y que lo que el planeta ha podido asumir hasta ahora empiece a tornarse en su contra, con lo que se inicie una nueva fase de incremento del efecto invernadero.

 

¿Qué hacemos en nuestras bodegas?

En la lucha contra el cambio climático, la actitud del consumidor va a ser decisiva para que todo se ponga en marcha. Será difícil que se tomen medidas políticas si antes nosotros, tanto consumidores como empresarios, no nos movemos. Con toda modestia y a título de ejemplo, voy a detallarles qué estamos haciendo desde nuestra empresa. En primer lugar, me gustaría destacar que ya disponemos del certificado de Carbon Neutral, porque ya tenemos más de 3000 hectáreas entre bosque y viñedos. Un dato interesante: ¿saben que cada hectárea de viña consume al año seis toneladas de CO2?

También estamos adaptando los viñedos en respuesta al interrogante de cómo cambiarán los vinos por efecto del incremento de temperaturas. Estamos tratando de retrasar la maduración y llegar así hasta el mes de septiembre habiendo superado el calor más fuerte del mes de agosto: modificando la densidad de plantación, reduciendo la altura de las cepas, subiendo el primer tronco portador de uvas de 0,6 a 0,9 m, utilizando diferentes portainjertos, eliminando prácticas como el deshoje de la base, etc. Partiendo de la base de que el agua será un elemento muy crítico en el futuro, estamos instalando medidas de ahorro como el riego gota a gota en muchos viñedos, siempre que es posible.

También estamos haciendo cosas tan curiosas como, por ejemplo, empezar a utilizar helicópteros. Por ejemplo, para fumigar con azufre un viñedo –medida necesaria para prevenir la aparición de ciertos hongos– se produce mucho menos CO2 por hectárea con un helicóptero que con diez tractores trabajando durante una semana en aquel viñedo. Por lo tanto, la tecnología permite reducir la producción de CO2. También la plantación de gramíneas entre las viñas permite mediante fotosíntesis extraer CO2 de la atmósfera e incorporarlo bajo tierra evitando que el carbono, de momento, vaya a parar a la atmósfera.

Otra medida que estamos implementando es la búsqueda de nuevos escenarios para las cepas. Así, variedades que hace diez años se plantaban en la costa de Cataluña, ahora ya se plantan en la depresión central, donde el clima es más frío. O cepas como el tempranillo, que se plantaban en la Cataluña interior, se plantan ahora en zonas de montaña. Mientras tanto, variedades como el riesling o el chardonnay, que antes se plantaban en la montaña, ahora las estamos plantando cada vez más cerca del Pirineo, por ejemplo, en un viñedo que tenemos en Tremp a 900 metros de altura. Cada 100 metros de altura, la temperatura diaria baja de promedio 0,7 grados, y cada 200 kilómetros que nos desplazamos hacia el norte, la temperatura se reduce un grado. Con todas estas medidas, para los próximos 30-40 años, podemos asegurar el sostenimiento de la viticultura en nuestro país.

Además de las placas fotovoltaicas que comentaba anteriormente, ya disponemos de placas solares para obtener el 50 % del agua caliente por este medio y vamos a llegar al 70 % en un par de años. También estamos comprando 115 coches híbridos, para todos nuestros representantes en España, puesto que son los que menos contaminan: un híbrido genera tan sólo 100 gramos de CO2 por kilómetro.

 

Inversión en reforestación y estudios

Finalmente, hemos estipulado una dotación de cinco millones de euros para los próximos diez años que irá destinada o bien a la reforestación o bien a estudios de investigación que permitan reducir o almacenar el CO2. Es un esfuerzo importante para una empresa familiar, pero lo hacemos porque creemos en ello; porque, como les decía, vivimos de la Tierra. Debemos colaborar y apoyar aquello en lo que creemos.

 

Paralelamente, estamos cuidando nuestras 1800 hectáreas de bosque en España y Chile. Colaboramos, en este sentido, con los bosques del Penedès, donde venimos desarrollando una política muy activa en los últimos veinte años encarada a la protección del águila perdicera, un animal que estaba casi en peligro de extinción y que, afortunadamente, tiene ahora una supervivencia bastante asegurada. Estamos haciendo lo propio en Chile con el cóndor andino.

También estamos recuperando unos cinco millones de litros de lluvia al año, agua de calidad excelente, que podemos utilizar para cualquier uso. Y estamos reciclando ese agua a un nivel del 15 %, pero queremos llegar a un 40 % próximamente. Es decir, no solamente depuramos las aguas, sino que también estamos reciclando una parte de las que utilizamos. Y por último, también me gustaría destacar que, desde el pasado invierno, ya se pueden ver en Barcelona algunas de las furgonetas eléctricas de Torres, con una autonomía de 50 kilómetros y que permiten un reparto muy eficiente en el centro de las ciudades.

 

Podemos hacerlo

Cada pieza del engranaje tiene un papel en esta lucha. De hecho, cada vez vamos a ver más que el consumidor va a exigir a las empresas productos respetuosos con el medio y conscientes del problema del cambio climático. Si todos aportamos un poco, es posible que en el año 2030 lleguemos a una reducción del 50 % de las emisiones de CO2. Y también será posible que el mundo occidental traspase eficientemente tecnología a los países emergentes, para que ellos también puedan tener plantas térmicas de carbón que no desprendan CO2 a la atmósfera.

Todo esto será posible, pero debe existir una voluntad común. Si no es así, la tarea será mucho más difícil. En definitiva, la gran pregunta que nos podemos hacer es: ¿Qué les diremos a nuestros hijos o a nuestros nietos cuando nos pregunten qué pasó a principios del siglo XXI? ¿Qué hicimos para solucionar las cosas cuando fuimos conscientes del problema? Ojalá que les podamos explicar que nos movimos, que hicimos todo lo posible y que, por eso, el planeta pudo seguir siendo un planeta verde y agradable de ser habitado.