Aunque la vid es una planta con marcada resistencia a la sequía, requiere una adecuada alimentación hídrica para poder manifestar todo su potencial productivo y, en especial, su potencial cualitativo. Así, en situación de grave estrés no solo se reduce el rendimiento hasta niveles incluso no rentables, sino que la calidad de la uva puede caer drásticamente.

El riego de la vid para vinificación es una práctica común y con frecuencia indispensable en las viticulturas del Nuevo Mundo.1,2 En España, sin embargo, estuvo prohibido por ley hasta 1996 y aunque la situación ha ido evolucionando relativamente rápido, todavía quedan zonas donde el riego está restringido o incluso prohibido en determinados períodos, basado en creencias o atavismos, no científicamente probados, de que el riego afecta negativamente la calidad de los vinos, en particular en los tintos.

En líneas generales puede afirmarse que el riego cuando es aplicado para cubrir la totalidad de las necesidades hídricas de la vid tiende a incrementar el crecimiento vegetativo, la producción y a diluir los componentes de calidad de los vinos, si como es frecuente, produce aumento de tamaño de la baya, sin ir acompañado del correspondiente aumento de la relación hollejo/pulpa o de la concentración de los compuestos deseables en el hollejo.

De ahí que dosis de riego moderadas, deficitarias, sean preferibles para incrementar los rendimientos intentando no afectar demasiado o incluso mejorar la calidad de los vinos. Sin embargo, en muchas regiones vitivinícolas españolas existe aún la creencia de que el riego aplicado durante la época de maduración de la uva puede ser perjudicial para la calidad de la misma. En este sentido, tradicionalmente en España el riego en la vid tiende a aplicarse mayoritariamente en el período antes del envero, pero no después de él, con el intento de inducir un cierto estrés hídrico a las cepas durante la maduración de las bayas.

Investigaciones sobre riego en viñedos para vinificación realizadas en distintas zonas de España, tales como La Rioja,3-5 Castilla-La Mancha,6 Ribera del Duero,7 Extremadura,8, Tarragona,9 Madrid,10 Murcia,11 Islas Baleares,12 Somontano13 y Utiel-Requena,14 han mostrado un incremento general de los rendimientos respecto al secano, fundamentalmente debido al aumento de peso de la baya y del racimo, y en algunos casos también efectos beneficiosos sobre la maduración del fruto, principalmente mayor contenido de azúcares y de acidez de los mostos, pero también a veces acompañados de reducciones de antocianos en el hollejo y pérdida de color de los vinos.15

Así, por ejemplo, los resultados obtenidos con la variedad tempranillo en la DO Utiel-Requena en el que se estudió el efecto de distintas dosis moderadas de riego sobre la producción y la calidad del mosto y del vino,14,16 mostraron que en el promedio de seis años consecutivos (2000-2005) el tratamiento que recibió más agua, 810 m3/ha y año de junio a mediados de septiembre, equivalente al 20 % de la demanda evaporativa, tuvo una producción un 30 % mayor que la del secano. Dicho aumento de producción se debió principalmente al mayor tamaño de la baya en las cepas regadas, ya que la fertilidad de las yemas no fue afectada por el riego. Contrariamente, en otros ensayos en La Rioja también con la variedad tempranillo,5 en algunos años el riego aumentó además la fertilidad de las yemas.

En los experimentos realizados en la DO Utiel-Requena en tempranillo, el riego afectó poco la composición del vino, siendo los efectos más negativos el aumento de pH y en menor medida una ligera disminución de color. Sin embargo, hay que destacar que el efecto del riego sobre la calidad de los vinos fue muy dependiente de las condiciones climáticas y del nivel de producción del viñedo. Así, en años de pluviometría inferior a 300 mm por año, y con niveles de producción superiores a 9000 kg/ha, el riego tuvo un efecto positivo sobre la acumulación de azúcares de las bayas, sin afectar al contenido de antocianos ni al color de los vinos. De forma análoga se comprobó que el contenido de azúcares de los mostos (y de alcohol en los vinos) disminuyó de forma proporcional al nivel de cosecha, siendo esta disminución, debida al aumento de la producción, mucho más acusada en el secano que en las cepas regadas,14 en especial en los años más secos (figura 1).

De forma similar, García-Escudero et al.4 en tempranillo en La Rioja, también observaron un efecto positivo del riego sobre la acumulación de azúcares de las bayas.

Figura 1 Relación entre la producción y el contenido de etanol en los vinos de tempranillo en Requena. Los datos son valores medidos en cada parcela y año, separados entre tratamientos regados y de secano. Los** y *** indican la significación estadística a p < 0,01 y p = 0,001, respectivamente

 

Por otro lado experimentos realizados durante varios años en bobal17 y en tempranillo,18,19 mostraron que el retraso de inicio del riego durante el período anterior al envero, hasta alcanzar un nivel de estrés moderado en las cepas ( Y tallo a mediodía de -1,0 MPa), permite un buen control del crecimiento vegetativo y una moderada reducción de tamaño de la baya, conduciendo a bayas con mayor concentración de antocianos, y siendo los restantes parámetros de composición (azúcares, acidez total, pH, ácidos málico y tartárico y fenoles totales) similares a los de cepas plenamente regadas. Esta estrategia de riego deficitario, que permite que la vid aproveche al máximo las reservas disponibles en el suelo, es más aplicable para variedades tintas que para blancas donde el control del tamaño de la baya y del desarrollo vegetativo suele tener menor importancia en la determinación de la calidad del producto final.

Contrariamente, el riego deficitario en postenvero (riego del 25-50 % de las necesidades totales) y evitando que el estrés fuera grave (Y tallo < -1,4 MPa) no afectó el tamaño final de la baya, pero redujo la acumulación de azúcares en ella y retrasó la maduración. Del mismo modo, Girona et al.20 también en la variedad tempranillo mostraron que en postenvero solo un estrés moderado (Y tallo < -1,0 MPa) puede tener efectos positivos sobre la composición de la uva.

Así pues, un riego deficitario con aplicación de déficit moderado antes del envero y riego sin restricciones importantes después de él, parece ser la estrategia de riego más adecuada para variedades tintas como tempranillo y bobal.

 

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